EL ESCENARIO DE EL ARENAL, UNA VEZ MÁS, SE ABARROTA DE GENTE PARA RECIBIR A LOS MÁS DE CUARENTA GIGANTES

POCAS horas antes de que Marijaia se despidiese de la villa, los gigantes invadieron el recinto festivo. La edición número 27 de la concentración de gigantes fue presidida por cientos de personas; en su mayoría familias con niños pequeños. Tras salir a las 10.30 horas desde la Plaza Circular y recorrer algunas calles del Casco Viejo como Somera o Bidebarrieta, volvieron en fila india -y poquito a poco- escoltados por algunos cabezudos hacia El Arenal.
“Desde bien pequeñita me han gustado los Gigantes. Es algo que me despierta muchísima curiosidad”, decía Ana. Junto a ella estaba su amiga Maribel, pero por su cara parecía que no le hacían mucha gracia. “La verdad que no son mi punto fuerte. Vengo porque a Ana le gustan y es el último día de fiestas, así que hay que aprovecharlo”, declaraba entre risas. Según Igor Díaz, responsable del grupo Ondalan, los niños cada vez los “reciben mejor” a pesar de que todavía queden algunos que pongan mala cara o suelten alguna lagrimilla. Y así fue la mañana de ayer. Entre muchas sonrisas, algunas lágrimas y con el móvil en mano, los 44 gigantes fueron los más fotografiados de la mañana.
Los protagonistas eran de los grupos Ondalan de Deusto, los Bermeotarrak, Irrintzi de Donosti, Sukila de Lapurdi, Zanduzelan e Itxantrea desde Iruñea y, no podían faltar Bizkaiko Dantzarien Biltzarra, del Ayuntamiento de Bilbao. “Hace siete años que incorporamos a gigantes más pequeños para que los enanos puedan bailarlos y probar”, aseguró Díaz.
Eran las 13.00 horas cuando los gigantes llegaron al recinto festivo. Durante los 50 minutos que estuvieron quietos, los más pequeños, adultos y atrevidos aprovecharon la ocasión para experimentar la sensación de llevar un gigante encima. “Pesa mucho y es un poquito difícil, pero está guay”, decía Marta de 6 años. Como ella, medio centenar de niños más lo intentaron. Pero a Patricia Muñoz no le hace falta probar porque lleva ya más de 20 años siendo una de las bailarinas de los gigantes. “Es algo que me apasiona. Cuando surgió la comparsa de Deusto no me lo pensé dos veces”. Y no tiene pensado dejarlo. Como ella está Mikel, que, después del primer baile tiene “la tradición de levantar los brazos y saltar cuatro veces”. “Es algo que lo hacía cuando empecé con esto pero ahora ya me sale solo”. Mientras los gigantes se mantenían en tierra, eran los cabezudos los encargados de hacer disfrutar a los pequeños. Pero los minutos pasaron y comenzó a sonar la música. Eran las 13.50 horas cuando los bailarines comenzaron a introducirse en los gigantes y bajo el son de las gaitas comenzaron a bailar entre la multitud. “¡Qué bonito es! Me encanta todo esto, de verdad. ¡Mira cómo dan vueltas, es alucinante!”, decía Mari Ángeles muy emocionada. “Se nota que bailan con muchas ganas e ilusión”, aseguraba. “¡Amatxu, quiero bailar dentro de ellos!” gritaba su hijo.
ILUSIÓN Un gigante puede medir entre cuatro o cinco metros y pesa entre los 25-35 kilos. “Imagínate aguantar a ese monstruo encima. Tenemos que aguantar todo el peso y además, bailar y dar muchas vueltas. Solemos cambiar cada poco tiempo porque a veces terminamos algo mareados”, aseguraba a DEIA Iñigo González según salió de uno de ellos. A pesar del gran esfuerzo que tienen que hacer, siempre salen “con mucha ilusión porque a la gente le encanta esta tradición. Nos gusta ver las sonrisas del público”, decía González. Su compañero le relevó y, tras la segunda canción, González volvió dentro de su gigante y bajo el ritmo de la música logró moverlo.
Tras terminar el baile, los gigantes volvieron a ponerse uno detrás de otro, en fila india, para seguir su ruta y despedirse de Aste Nagusia hasta el año que viene.
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